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Formalismo

  • danzasimposibles
  • 3 ene
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 6 ene

En esta pequeña nota integro y entrelazo recientes reflexiones y experiencias personales, con el conocimiento engendrado a través de la lectura de textos de autores y creadores como Susan Sontag, Catherine Malabou y Tere O Connor, y del seminario Poéticas de la Escucha y la Improvisación del 17, Instituto de Estudios Críticos. Al tiempo que me preparo para saltar hacia un nuevo proceso creativo.


"Me habría considerado primero formalista, después improvisadora. Después improvisadora formalista. Después nada. Después por un tiempo, menos que nada. Habría pensado que lo que realmente me ocupaba era la forma, el “cómo” en lugar del “que”, porque al final, el cambio anhelado es estructural. Lo de menos son los asuntos, las contingencias. Lo de menos son las cosas.


Además, la oposición binaria entre forma y contenido sabemos que, como todo, es ilusoria. Pero Tere O Connor tiene razón, hablar de formalismo no sirve de mucho ya, curiosamente sus palabras me encuentran justamente aquí.


Hablar de formalismo detiene la conversación ahí mismo. La forma es consenso y la discusión sobre la forma en la danza, acorde a los críticos de limitado criterio, parece haber terminado con el Judson Dance Theater y sus negativas. Relevantes y justificadas en su momento, ahora por demás asimiladas. Pero en tiempos en donde la marca es la complejidad, hablar y nombrar en la danza desde un punto de vista meramente formal nos impide ver lo que realmente está ocurriendo en la interminable sucesión de momentos o imágenes vivas y en la inagotable convergencia de diferencias o la interacción de imposibles; en la esquiva formulación de sentido que la danza posibilita. Y por eso hay que atreverse a atravesarlo o a renombrarlo o a no nombrarlo.


La forma no solo se deforma y se transforma, también se deconstruye y se destruye. Hay procesos irreversibles en donde la subjetividad pierde irrevocablemente su elasticidad y la forma queda suspendida dando lugar a identidades inéditas. Es esa posibilidad la que hoy por hoy me ocupa. El fracaso o el accidente, la destitución, nos arroja si lo permitimos (cuando tenemos la opción), a una desorganización esencial, definitiva.


Yo por ejemplo en los últimos meses me permití un nivel de desorganización casi total, casi insoportable. Dentro de esa circunstancia la identidad o se vuelve aguda y radical o desaparece. Desaparecer también es un gesto político. Pero los días siguen ocurriendo y nos empujan a la reorganización. Son los lazos, la historia personal, las tradiciones, los condicionamientos, la culpa lo que nos mantiene secuestrados en una forma o en otra, pero siempre en una forma que apunta hacia lugares reconocibles. Permanecer desorganizado es un lujo y un esfuerzo mayúsculo que casi puede costarnos la vida.


Ahora solo voy a jugar, a probar, a inventar, voy a intentar acercarme. Voy a coquetear de nuevo con lo inefable.


No presumo saber, no presumo entender, no presumo atinar.


No presumo tampoco no necesitar un después, no estoy lista para prescindir del después. Aún me esfuerzo por no reducir. Quizás por cobarde. (Hay un poco de cobardía en mi intento).


Hay otros intentos aún más drásticos, que callo, por miedo.


La verdad es que a estas alturas de la vida me parece igual de arbitrario seguir persiguiendo destruir la forma que dejarme abrazar y retornar a ella. Me gusta la belleza, la sincronía, la polifonía, el canto, el gozo. Me gusta sentir, y nunca me arrepiento. Pero este intento en el que me embarco tiene que ser, tiene que aparecer, no importa que sea solo un capricho, un algo que hacer con la vida que aun palpita, aunque en asincronía. Una escucha de lo posible-imposible profunda, llevada por el acontecimiento y lo imprevisible.


Soy improvisadora.


Navego.


Yo necesito dar cabida a lo ininteligible. Es mi naturaleza. Si no lo hago, sucumbo.


Es tiempo

 
 
 

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